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Por Rodrigo Quintero – 12 de enero 2017 

Este año lo empezamos  llenos de incertidumbres, que nos generan una serie de inquietudes. Sin embargo, muchas son las personas que desean y otras que son activamente participes en algún tipo de organización civil  (OSC), ya sea en su forma de Asociaciones Civiles (A.C.), Asociaciones de Beneficencia Privada (ABP), o asociación religiosa.

En México, según estimaciones del Indesol existen 35 mil organizaciones de la sociedad civil. El doctor Sergio Aguayo, en el programa de “Primer Plano”, hizo referencia a que el involucramiento de los mexicanos en alguna de estas asociaciones ronda entre el 5 y el 10 por ciento.

Esta disparidad crece cuando se compara por estados, como es el caso de la capital, la cual registra 48 organizaciones por cada 100 mil habitantes, a diferencia del estado de México que registra 7 por cada 100 mil habitantes.

La  premisa que trato de rescatar del párrafo anterior es: si no hay una capacidad organizativa en torno a una temática determinada, independientemente del éxito que pueda tener una marcha fortuita, no habrá cambios substanciales de raíz.

Un segundo punto, en éste me van a entender más las personas que se han involucrado en alguna OSC; el factor para que los ciudadanos se comprometan activamente en alguna causa está directamente ligado al reconocimiento de una acción inmediata que mitigue o modifique los efectos perjudiciales de alguna situación a la cual el gobierno no está dando respuesta.

Sin embargo hago una diferencia con las instituciones que llevan a cabo esta labor, (aunque existen clasificaciones diversas en esta materia), por mi parte, analizo dos grandes componentes que son: el mantenimiento y el rompimiento del status quo.

Las defensoras del status quo generalmente están vinculadas a un modelo asistencial, que propicia las donaciones con el fin de mitigar los efectos perniciosos de situaciones derivadas de la vulnerabilidad del grupo en cuestión.

Las otras mantienen una agenda elaborada, destinada al largo plazo y presentan dificultades para poder acceder a recursos federales, por el  enfrentamiento que genera la lectura que dan de la realidad nacional en contraposición con la agenda gubernamental.

Me permito describir una anécdota personal para ejemplificar mi punto. Durante pocos meses tuve la oportunidad de trabajar para una OSC dedicada al desarrollo de una etnia indígena en México. La misión, visión y objetivos iban en relación al desarrollo, la educación y la alimentación.

Ésta, al igual que muchas otras OSC, basa su modelo en una serie de actividades para recaudar fondos, y con estos poder realizar obras: ofreciendo becas, alimentos, cobijas, insumos, etc.

En alguna reunión tuve el infortunio de escuchar por parte de un miembro del consejo que la estrategia que debíamos seguir para la captación de recursos era el “dar lástima”, porque de esa forma la gente sentiría que debe de donar más.

La lástima, por cierto, no se debía infringirse a cualquier ciudadano, nos tendríamos que enfocar en un sector privilegiado de la población y de preferencia en  menores de edad para que el mensaje fuera más efectivo y convencieran a sus padres.

Al principio he de confesar que me impactó el mensaje, después pensé que simplemente era una forma de conseguir los recursos, pero no fue hasta que me cuestioné una y otra vez si el fin era el hecho de generar recursos, o de cambiar la histórica y trágica realidad de nuestros pueblos originarios.

Si mi objetivo era la segunda opción,  entonces lo que estaba realizando era una simple reproducción del modelo opresor occidental al que los indígenas en este país han sido sometidos.

Es decir, existe una lógica detrás de esa ayuda que se viene proporcionando a más de 20 años (en el caso específico de la organización y seguramente en muchas otras).  Nos llegaron a preguntar alguna vez unos estudiantes que realizaban su servicio social, “¿Cuándo va a acabar la pobreza para esas personas?”, mi compañera contestó, “cuando dejemos de ver su estilo de vida como una forma de pobreza”.

Con esa reflexión me quedó claro que el intento por hacer cambiar y adaptar a nuestros hábitos y formas de vida a otras culturas repetía el modelo colonizador que tanto vapulea las sociedades democráticas del siglo XXI.

Muchas de estas organizaciones no trabajan en pro de una sinergia con los pueblos originarios, sino que impone una visión mercantilista del tiempo, una educación tecnócrata y egoísmo capitalista.

En pocas palabras, para la visión de estos “salvadores”, el indígena sus tradiciones y costumbres siempre representarán una fuente de atraso y pobreza al ser diametralmente contrario a su cosmovisión.

La organización no se preocupaba por cabildear con el gobierno para que se reconozca las lenguas en la educación, no ponía de relieve que las empleadas domésticas, que en muchos casos pertenecen a estos grupos, carecen de  contrato laboral, no se crean programas de integración en las escuelas con el fin de adaptar y crear un ambiente multicultural, no existen cuotas de representatividad por etnia en partidos políticos, o en las cámaras de gobierno estatales, no hay un solo canal oficial en tv que transmita  alguno de los idiomas que se hablan en la república.

 Y no lo hay porque no les interesaba, no les interesa, ni les interesará. Su política tiene un objetivo claro: el patrón de marginación se debe perpetuar para mantener la organización.

Este ejemplo puede ser aplicado a cada grupo vulnerable y cada área de interés que podamos tener. Juan Carlos Monedero, politólogo, lo explica de una forma sencilla por medio de cuatro elementos: el dolor de una causa debe de convertirse en un saber, después en voluntad para crear y por último transformar, es decir, si no politizamos el dolor no cambiamos las cosas; así de sencillo.

El tener un sentido de bondad y querer cambiar las circunstancias es esencial en una sociedad que padece un desinterés crónico por organizarse, no obstante los verdaderos cambios vendrán de un ejercicio profundo de  reflexión sobre un sistema a todas luces injusto e inequitativo que precisa con desespero de la colectividad para encontrar un rumbo.

En nuestros tiempos de individualismo es extremadamente apreciada la bondad, sin embargo, la caridad y la filantropía nunca han modificado las desigualdades sistémicas.

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