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Por Rodrigo Quintero – 6 de diciembre 2017 

Cada mañana al escuchar las noticias, y evidentemente los casos de corrupción que caen como chubascos sobre todos los ciudadanos, recuerdo cuando trabajé para ese andamiaje perverso de comunicación perteneciente a la Secretaría de Gobernación (SEGOB).

En una ocasión, al escribir mis primeros artículos, me tocó redactar una nota sobre la visita de Estado del presidente a Francia, palabras más o menos escribí algo así como: “a pesar del complicado sexenio anterior… “. De forma evidentemente incómoda, el jefe de departamento mencionó, “acuérdate que no trabajas para Aristegui”.

Obviamente lo tenía muy claro (y mi quincena también me lo recordaba), sin embargo, más allá de eso supe que había una estructura que no dejaría expresarme con libertad. Remembrando mi pasado caí en cuenta que esa estructura estaba presente a lo largo de mi vida.

Cuando finalicé mis estudios de licenciatura, me dediqué poco más de un año a escribir sobre la historia del movimiento de diversidad sexual en Nuevo León; primer libro que refleja uno de tantos puntos pendientes en la agenda por la igualdad en el norteño estado del país. Como era de esperar, me dirigí a mi alma mater como primer y evidente escalafón para la presentación inaugural de mi obra.

Sorpresa me llevaría al saber que se haría lo imposible para que no se llevase a cabo la presentación, pero a diferencia de lo que piensan, la negativa no fue tajante, era esa especie de “no” que se refleja con un permiso limitado, mutilado, una especie de clave morse solo para mexicanos, es ese “sí” con peros. Sí lo presentas, pero no se enviará la invitación a todas las áreas, no será publicado en el periódico interno de la universidad, no pueden venir activistas, no se efectuará dentro de las fechas de clases, etc…

Ingenuamente, en aquél entonces pensaba que las universidades privadas debían defender la universalidad del conocimiento y la información. Debí haber sospechado que desde que intenté dar mis primeros pasos como escritor en el periódico, al hacer una referencia textual de “La sociedad civil a veinte años del terremoto”, de Carlos Monsiváis, fui merecedor por parte de una de las autoridades del rotativo la adjetivación honrosa de “comunista”.

Era de esperarme que mis ingenuos intentos por resaltar el derecho a la igualdad no caerían del todo bien a las autoridades.

Después de recapacitar sobre lo ocurrido, recordé que las manifestaciones de censura estuvieron vigentes durante mis años de universitario. Alguna vez vino un cónsul o embajador (no recuerdo el cargo) de Israel, y como internacionalistas, obviamente estábamos deseosos de preguntarle sobre el conflicto en Gaza y Cisjordania.

La maestra, al enterarse de nuestras crédulas pretensiones nos aclaró, “no quiero escuchar ninguna pregunta que incomode a nuestro invitado, recuerden que a la Universidad le da mucho trabajo traer gente como él, y si no lo recibimos como se merece seguramente no volverá”.

No creo que ninguno de nosotros hayamos temido a la persecución por parte del Mossad, no obstante, entendimos que el mensaje estaba relacionado con poder acreditar o no la materia.

Meses después me invitaron a una asociación en defensa de la multiculturalidad y pueblos indígenas, ésta no pertenecía a mi monasterio, (perdón, mi Universidad), sino a la que crea emprendedores y líderes. El grupo proyectaba películas y posteriormente se tenía una charla informal con los asistentes. 

Alguna vez hubo la intención de transmitir el documental de la otra campaña, la del EZLN: hasta ahí llegó la apertura. El joven estudiante encargado de los talleres mencionó que tenía expresamente prohibido tocar el tema. ¿Por quién?, ¿Por qué?, jamás lo supe.

Los años transcurrieron, llegó el 2012, y con él los intentos infructuosos de convocar desde la juventud a la sociedad mexicana para poner sobre la agenda la manipulación de los grandes medios de comunicación (para los cuales terminaron trabajando sus líderes), y el peligro de abrir las puertas del Jurassic Park de Atlacomulco.

El movimiento “Yo Soy 132”, fue insólito en su acontecer, pues emanó de una de las escuelas privadas de país de inspiración católica al igual que la mía.

Por su puesto jamás recibió apoyo oficial de la institución, tampoco tuvieron postura alguna sobre el interés que despertaba en la comunidad universitaria, y censuraron en medida de lo posible la propaganda. Eso sí, sabían que la indiferencia de la mayoría de los universitarios acabaría con el ingenuo intento de movilizar a la comunidad estudiantil, y no se equivocaron.

Hoy vemos con preocupación la cooptación y la censura que no mostraba su peor faceta desde hace algunos sexenios, hemos sido testigos de cómo radiodifusoras han separado por medio de estrategias engañosas a comunicadores de distintos ámbitos como es el caso de Aristegui, hemos sido informados cómo agencias del estado investigaron por medio de softwares espías a periodistas como; Carlos Loret de Mola, directores de organizaciones no gubernamentales; Juan Pardinas, o incluso al Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), ex gobernadores amagando los análisis de la intelectualidad con demandas como es el caso de Sergio Aguayo, el mismo presidente intimidando a empresarios como Claudio X, y consorcios de telecomunicaciones expulsando de programas a intelectuales y analistas como Ricardo Raphael y María Amparo Casar.

El 2018 promete un panorama preocupante por la cerrazón de un sistema que no gusta de la disidencia dentro de la libertad de expresión, pero que seguramente se regocija ante la emulación de la superestructura estatal en la cotidianidad ciudadana.

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