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Por Nexso – 19 de mayo 2016 

La escasez de agua en las zonas altoandinas del Perú es la principal causa de la pobreza rural. La sequía recurrente genera una desertificación similar a la del nordeste brasileño o la del Sahara. Esta condición, aunada a los estragos del cambio climático, somete a los campesinos de esas tierras a una agricultura de supervivencia, con bajos rendimientos.

Para enfrentar esta situación, la mayoría de las políticas públicas han orientado su esfuerzo a construir canales de riego alimentados por stocks como lagunas o ríos. Este modelo de gestión resulta ineficiente, ya que presume la preexistencia de grandes volúmenes de agua acumulada. Desde las últimas décadas esa capacidad ha mermado porque los cauces y lagunas también lo han hecho.

Frente a la realidad de tener menos agua para transmitir por canales y además contar con infraestructuras deficientes, los habitantes de la cuenca alta del río Lurín miraron hacia arriba: la mayor cantidad de agua está en el cielo. Con esta premisa, la población asumió que la solución era cosechar el agua de la lluvia. Sembrarla. Regarla de manera eficiente.

Este proceso se transformó en una propuesta que el Centro Global para el Desarrollo y la Democracia amplió, difundió y sistematizó. Encuentra su primer antecedente en la era pre hispánica, donde se infiltraba el agua para hacerla aparecer en acuíferos utilizando las fallas geológicas. Otro indicio fue el uso de represas que impermeabilizan el suelo para estancar el agua.

La comunidad innovó al introducir el agua en el cerro, desde su parte alta. Allí se acumula en los meses de lluvia. Posteriormente, al abrir la compuerta y dejar que la gravedad ceda de manera controlada, se obtiene una eficiencia del 60%. Si además de eso, posteriormente se usa para el riego el sistema de goteo, se puede conseguir un 95% de eficiencia en el aprovechamiento de la misma.

Dicen las crónicas de la conquista, que todas las zonas altas del Perú eran bosques. Sembrar agua es también sembrar árboles. La forestación a través del riego eficiente ha sido otra innovación presente en esta solución. Nutrir la tierra genera una esponja perfecta de aguas.

El modelo se ha ejecutado en siete distritos de la cuenca del río Lurín, bajo una mancomunidad, encargada de replicarlo. El primero fue Tupicocha, seguido por los distritos de Tuna, Langa, Lahuaitambo y Antioquía, todos con alto provecho económico. La rentabilidad de tener una segunda cosecha les ha ofrecido ingresos inéditos. Ahora el agua les dura todo el año.

La primera fase de implementación de “Siembra, cosecha y uso eficiente del agua” se ejecutó entre 2010 y 2014. Consistió en agrupar unas 20 organizaciones en cadenas productivas. En el caso de la cuenca media con frutas y en la alta, de arvejas, papa nativa y ganadería de leche. El boom gastronómico en Perú ha incrementado la demanda de los productos que se producen en la cuenca. Ha sido un reto crecer con él.

Ahora trabajan en la segunda fase, promoviendo organización empresarial y generación de valores agregados que incluyen a la agricultura orgánica. Tienen previsto organizar el financiamiento, la producción y comercialización a través de cooperativas, fortaleciéndose como red de proveedores.

Aliviar la urgencia en el suministro de agua no solo beneficia a los agricultores. Un alto porcentaje de los conflictos en Perú son de origen socio ambiental, por lo que buena parte del éxito de la expansión radica en su incidencia como política pública, trabajando con gobiernos regionales y alianzas público-privadas.

A través del agua, la pobreza rural altoandina está siendo derrotada. Todo radica en la inversión de los tres capitales que maneja el proyecto: capital natural con el agua, humano con el conocimiento y social con la organización y cooperación.

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